issue 7 home | broken news | criticual urgencies | cyber bag | ec chair | ficciones | gallery
letters | reviews | secret agents | serials | stage and screen
HomeArchivesSubmitCorpse CafeCorpse MallOur GangHot SitesSearch
Muchedumbre (Parte III)
Mauricio Montiel Figueiras
Crowd (Part III)
translated by Jen Hofer

La mañana ha sido sepultada por una nevada de cifras, quizá la peor de los últimos meses. Cada vez que los contadores han apartado la vista de sus libretas vueltas planicies matemáticas para buscar reposo en los ventanales que dominan el enorme despacho, se han topado invariablemente con la misma visión: transformados en números, los copos de nieve cubren la ciudad con un manto de ecuaciones irresolubles. Luego de parpadear, de frotarse los ojos hasta arrancarles lágrimas, los contadores han reanudado su labor con la certeza de que allá abajo, allá afuera, hay peatones que se detienen en medio de la muchedumbre para sacudirse dígitos del abrigo y el sombrero. La borrasca, sin embargo, no ha impedido que Abel atienda las noticias transmitidas por un radio extraviado en una zona incierta de la oficina. Con un fondo de Kurt Weill -ya "Alabama Song", ya "Nannas Lied"-, con pasmo creciente, ha escuchado los reportes oficiales del mitin en la plaza: treinta policías heridos de gravedad, otro tanto con contusiones y hasta navajazos, daños menores a inmuebles, cuarenta y tres manifestantes detenidos, por fortuna -tiembla la voz del locutor- ninguna baja civil; tan sólo otro mitin en nuestra capital de los mitines. Los voceros de la industria lapicera han comentado que, lejos de verse afectadas, sus compañías siguen funcionando a todo vapor. "Pese a los esfuerzos del analfabetismo por erradicarla", ha dicho un empresario que se negó a dar su nombre, "habrá escritura para rato". Por la mente de Abel se ha deslizado, acompasada por las declaraciones radiales, una cadena de imágenes en blanco y negro: un zapato infantil, una cabellera oscura, sí, pero también un bosque de porras, un sembradío de boinas, una oreja colgando de un hilo, narices reducidas a espesos surtidores, figuras acunando cuerpos inertes. Aprovechando la ausencia del señor Kane, se ha levantado sigilosamente al baño -a cada empleado le corresponden cinco viajes en la jornada- para ocuparse de la mancha de sangre en el pantalón, que al cabo de un jabonoso frenesí se ha desvanecido. Al volver a su escritorio con un óvalo húmedo en la pernera izquierda, se ha preguntado si bastaría un poco de detergente para borrar la impronta de la multitud a lo largo de la historia.
     Como siempre la hora del almuerzo llega precedida por una parálisis cenicienta, una especie de estupor que por unos instantes convierte a los contadores en estatuas que, lápiz o bolígrafo en alto, esperan la liberación encabezada por un timbre que hace pensar en el graznido de un cuervo. Y entonces viene la desbandada, una sinfonía de sillas que se arrastran y cuadernos que se cierran, una veloz aunque ordenada estampida de gafas que bajan escaleras y fulguran antes de integrarse a las sombras amplias del comedor. Aunque sabe que en realidad "la hora del almuerzo" consta de apenas treinta minutos para atragantarse con un sandwich y un café -se diría que el tiempo es otro de los materiales que la empresa puede moldear a su antojo-, Abel permanece atornillado a su asiento y finge estar hundido en sus números hasta que el despacho se vacía. Luego, cautelosamente, deja su lápiz en la libreta a modo de separador, se incorpora tratando de no hacer ruido con la silla y se dirige a la puerta entreabierta, desde donde se asegura que por el pasillo sólo deambule la penumbra. Aguarda a que el segundero de su reloj complete un giro de trescientos sesenta grados para salir del despacho y echar a andar de puntillas hacia la hoja metálica del ascensor; cada cinco o seis pasos se detiene y aguza el oído, consciente de la reprimenda que deberá soportar si uno de sus superiores lo descubre vagando por el corredor durante el almuerzo. Aunque por alguna razón había imaginado encontrarla distinta -quizá levemente tibia, como un organismo a punto de respirar-, la puerta del ascensor lo recibe igual que de costumbre, cerrada con la obstinación de un párpado viejo. Abel mira a derecha e izquierda antes de extender una mano y rozar el metal que le transmite la gelidez que sólo puede atribuirse a las cosas muertas. Al retirar la mano dos estampas brillan con claridad frente a él: una, la de sus dedos oscurecidos por una mezcla de pelo y sangre, lo obliga a revisarse el pantalón hasta confirmar que el óvalo de humedad se ha esfumado por completo; la otra -unos labios desplegándose como pétalos grises- lo hace recordar que la anécdota del señor F. incluía una reja y no una puerta de ascensor, una antigua reja a través de la que se adivinaba el destello de un ojo de vidrio. °Dónde, se pregunta Abel, estaría esa reja, en qué parte de qué piso se hallaba el señor F. cuando cruzó el umbral vedado? °Por qué hasta ahora caía en la cuenta de que el cartel de "Fuera de servicio" colgaba en puertas y no en rejas como las de los ascensores de antaño, traicionando el relato del difunto contador? °Y por qué, para acabar pronto, se preocupaba hasta ahora por esas nimiedades -reja, puerta- que lo hacían pensar en un ascensor rumbo al cadalso, en una masa informe agitándose en las simas del edificio? La muchedumbre, he sido hechizado por la muchedumbre, se dice Abel mientras empieza a aplicar presión con ambas manos en la puerta -que no en la reja- metálica, intentando a toda costa abrirla, desprenderla de cuajo de la pared, arrancarle uno a uno sus secretos como si tras ella palpitara la voz del señor F., el rostro del señor F. teñido a medias de cifras azules y no ese clamor que comienza a ascender desde un punto impreciso de la construcción, ese vocerío que poco a poco se reduce a un par de sílabas -A-bel, A-bel, A-bel- que trae consigo imágenes de caos, obreros en una tormenta de nieve con la boca abierta en un grito, mujeres alineadas en banquetas con el cabello tinto en sangre, blancas plazas sembradas de negros zapatos infantiles -A-bel, A-bel-, avenidas tapizadas de boinas y porras, ciudades pobladas de cuerpos que se han congelado en forma de signos de interrogación, páramos donde en vez de arbustos crecen montículos de ropa -A-bel-, mapas de dolor y angustia que se difuminan cuando la puerta del ascensor cede en medio de un estrépito que reverbera a lo largo del pasillo, entre una nube de polvo tras la que Abel logra distinguir no el hueco esperado sino una tapia de adobe a la que acerca una mano para sentir la vibración del cubículo que allá, en el esófago del edificio, ha empezado a moverse con una pesadez ancestral.
     -°Se puede saber a qué se debe el escándalo?
     La voz que restalla desde un extremo del corredor pertenece a un ejecutivo que recortado contra la luz de una oficina, los brazos en jarras, un habano a la mitad encajado entre los labios, lanza una mirada furibunda que enciende las sombras en torno a sus facciones. Por un súbito sentido de sobrevivencia Abel se aparta del haz de la lámpara que se balancea lenta, extrañamente, sobre su cabeza; da la espalda a la figura del habano y, silbando unas notas de Kurt Weill, empuja con fuerza la puerta del ascensor hasta cerrarla con un nuevo estrépito. Después, sin dejar de silbar, echa a andar hacia las escaleras con paso indiferente.
     -░Oiga! -exclama el ejecutivo-, ░le estoy hablando! °A qué se debe todo este escándalo?
     -Revisión -contesta Abel sin volverse ni aflojar el paso-, es la revisión mensual.
     -°Revisión?... °Revisión de qué?...
     -Del elevador, °de qué más? -Abel alcanza las escaleras-. Hay que darle mantenimiento para evitar accidentes. Ya sabe, órdenes de arriba para no caer hasta abajo.
     -Pero si el elevador no... ░Oiga!... °Cuál es su nombre?... No lo había visto antes por aquí... Tengo que reportarlo... ░Oiga!... ░Le estoy hablando!... °Quién...? ░Usted no es técnico!... ░Oiga!... °Por qué tanto escándalo? ░Oiga!...
     El bullicio del comedor envuelve a Abel en una crisálida dentro de la que se siente lo suficientemente seguro para quitarse las gafas empañadas de sudor y limpiarlas con el pañuelo. Dos de sus compañeros de despacho levantan la vista de sus tazas desechables para mirarlo con curiosidad. Abel se acerca a ellos notando que otras miradas igualmente curiosas se le adhieren a la nuca, a los omóplatos, a la cintura. Al llegar a la mesa alta -los taburetes han sido eliminados para garantizar la rapidez del almuerzo-, palmea el hombro de su colega más joven y pregunta, fingiendo un aire despreocupado, a nadie en particular:
     -°Alguna novedad?
     -°Alguna novedad? -repite, sin disimular su sorpresa, el colega más viejo-. °Qué novedades nos trae usted? °Está ayunando? Faltan nueve... No, ocho minutos para que termine la hora...
     -El estómago -lo interrumpe Abel, señalándose el vientre-, algo me cayó mal ayer en la noche, tuve que ir al baño. Una diarrea, nada grave.
     -Entonces ya sólo le quedan tres viajes, °verdad?, al baño -dice el colega joven, sacudiéndose el hombro palmeado por Abel como si estuviera lleno de polvo-. Y acuérdese que está sancionado. Llegó tarde hoy, °verdad?
     -°Qué es esto? -respinga Abel, dirigiéndole una mirada de disgusto-. °También contabiliza los esfínteres?
     -No, nada de eso, °verdad?, yo sólo quería...
     -El señor Kane ha preguntado por usted -interviene el colega viejo-. Pensó que quizá había salido de la oficina sin permiso, ya sabe, por aquello de la sanción. Y además...
     -°Además qué? -se impacienta Abel al descubrir que la frase podría quedar colgando en la atmósfera como una voluta de humo.
     -Además -ataja el colega joven, bajando la voz a un tono conspiratorio- se rumora que usted participó en el mitin de esta mañana. En la plaza, °verdad?, y que por eso llegó tarde. Qué ridículo, a quién pueden interesarle las manifestaciones, sobre todo siendo contador. La cosa, °verdad?, es que hace un rato anunciaron la muerte de uno de los policías heridos en el mitin. En las noticias, °verdad?, todos lo oímos. El alcalde dio el pésame a la familia y propuso un homenaje, luto en la ciudad para mañana. Qué horror lo de los vándalos, °verdad?, nadie está a salvo. La violencia, °verdad?, la violencia... El asunto es que la empresa no quiere que ninguno de sus empleados esté involucrado. En la muerte del policía, °verdad?, todos lo oímos. En las noticias, °verdad?...
     Mientras el joven colega continúa desgranando su perorata telegráfica sobre el vandalismo y las desventajas de vivir en una gran urbe, Abel pasea la vista por el comedor, venciendo nuevas miradas de curiosidad que terminan resbalándole por el cuerpo, hasta posarla en el nicho desde el que un radio difunde, entre ráfagas de estática, una versión de "Surabaya-Johnny" de Weill. Por un instante, tras la tela raída que esconde la bocina, cree reconocer un brillo cristalino, el destello de un ojo artificial. La ilusión se hace añicos cuando suena el mismo timbre que proclamara la hora del almuerzo. Uniéndose a la estampida de gafas que abandona ordenadamente el recinto oloroso a jamón frito y a ropa tibia, Abel piensa en cuervos sobrevolando una plaza nevada cubierta de huellas que devienen números en una libreta contable. Piensa, al volver a subir los escalones de siempre en pos de las nucas de siempre, en un rostro manchado de cifras azules que parpadea al fondo de un ascensor, llamándolo, invocándolo, urgiéndolo a actuar: A-bel, A-bel, A-bel. Piensa, al fundirse otra vez en el crepúsculo que gobierna el edificio, en la reina de todas las cabelleras, en el embrujo capilar al que sucumbe cuando desciende como un explorador sin lámpara al foso de los sueños.

                         ▀

La sensación es harto familiar: una especie de paulatino desprendimiento, un irse desgajando conforme se avanza por la estrechez del foso aferrado a la soga que el inconsciente ha vuelto cordón umbilical. Por las paredes del pozo corre una humedad semejante a la que empapa la cuerda y que, pese a gotear hasta el fondo con la cadencia propia de las filtraciones subterráneas, tiene una única explicación: nieve, nieve derretida, nieve de la superficie que queda cada vez más lejos. Descender por esa oscuridad goteante y precisa, diríase casi esférica, equivale a desandar el camino a una cumbre nevada durante los deshielos nocturnos: la luna ha desaparecido y allá, en el valle, acecha el campamento, acechan marmitas y elíxires, acecha la fogata rodeada de sombras como en los ritos de Walpurgis que se celebran -acota una voz interior- el primero de mayo, el mismo día que la Fiesta del Trabajo, cuando nadie salvo las brujas y sus contadores labora. Aquí, sin embargo, no hay brujas ni hogueras: sólo sombras sobre sombras, estratos de negrura, y ese líquido rumor que deja adivinar una nostalgia de la luz más que de la nieve. Aunque, viéndolo bien -ya es posible distinguir la curva de los muros, una viscosa vibración de alimañas-, ahora hay un centelleo al final del foso, un círculo exacto de blancura que crece mientras el trenzado umbilical se desliza entre los dedos, frío y nauseabundo; un círculo que deviene la última esperanza de salvación cuando la soga acaba abruptamente y comienza la caída libre, el vuelo por una garganta de penumbra, el forcejeo inútil de brazos y piernas en busca de un asidero; un círculo que de golpe estalla ante los ojos deshaciéndose en una blanca avenida por la que se mueven -en la más rigurosa cámara lenta- hombres y mujeres fugados de una película muda. Es la masa histórica, la de ayer y la de hoy, la de revistas y periódicos, la de libros y documentales, la que marcha impasible hacia el origen de la nieve: figuras cuyas facciones y prendas indiferenciadas delatan la herencia del anonimato. Andar entre ellas, confundirse con ellas, produce un júbilo que deja pronto de ser un espasmo estomacal para inundar el cuerpo, el panorama entero, y trocarse en comunión absoluta. Poco importa que, al desfilar frente a vitrinas y ventanas de locales cerrados desde hace siglos, el reflejo sea el de una calle desierta ocupada sólo por blancas cenizas sin rumbo: a quién pueden interesarle los reflejos, sobre todo siendo multitud. Sobre todo si en medio de la acera, entre abrigos y sombreros, se identifica una melena extendida como una oscura medusa que encanece con los copos que empiezan a caer con mayor insistencia. De hecho hay que parpadear con energía o, mejor, cerrar los ojos un instante para evitar que alguna partícula se cuele hasta el iris; poco importa que al abrirlos la muchedumbre se haya paralizado y uno sea la única persona en movimiento en un opaco mar de estatuas, gélido y paciente mar bajo la lluvia de virutas que hace pensar en una tropa de serafines afilando lápices entre las nubes y que obliga a alzar la vista -una mano a modo de visera- para notar que el sol, la intuición de un sol, ha sido remplazada por un agujero negro a mitad del cielo, sin duda la boca del pozo del que recién se ha salido. Guiñando los ojos se puede advertir allá muy arriba, al otro extremo del boquete, una oficina con varias hileras de escritorios vacíos a excepción de uno sobre el que duerme un hombre con la cabeza apoyada en un brazo. La sensación que transmite ese opaco medallón colgado de las alturas es harto familiar: una especie de brusco entumecimiento, un irse desgajando hacia la vigilia conforme músculos y tendones resienten la carga craneal. Pero ahora hay que devolver la mirada a tierra y descubrir con un principio de pavor, mientras el escenario comienza a diluirse por los bordes, que la nieve se ha teñido de rojo: grandes coágulos de sangre salpican la avenida, las aceras, las ropas de la multitud petrificada, los propios pantalones, parte del chaleco, la punta de los zapatos, la palma de una mano. Ahora hay que darse prisa, ignorar los grumos escarlata y el hedor metálico que se apodera de la calle, apretar el paso porque ahí está la reina de todas las cabelleras y el escenario se diluye, el escenario se esfuma como si un enorme borrador le pasara por encima y deja entrever el filo de un escritorio, la manga de un saco manchada por una elipse de saliva pero ahí está la melena, ahí está la medusa desplegando sus sierpes coloreadas de blanco y carmesí, ahí están las primeras punzadas del brazo entumido que no impiden que la mano se extienda para levantar de un tirón la cabeza de la mujer tendida sobre la nieve, ahí está cada vez más nítido el escritorio superpuesto al escenario que se disuelve en jirones entre los que fulgura el rostro de la mujer, las facciones de una lividez casi sobrenatural bajo las que parece agitarse una turba de rasgos indistintos, los ojos como fosas insondables de las que ha huido todo destello humano, la boca que se abre como un tercer pozo en medio de esa máscara convulsa para emitir un susurro que reúne una legión de voces:
     -Abel.
     Luego una pausa y de nuevo el susurro, el múltiple susurro:
     -°Qué haces aquí, Abel? Esto es un sueño. Aquí no sirves de nada. Vete. Despierta.


continuará...

The morning has been buried by a snowstorm of numbers, perhaps the worst in recent memory. Each time the accountants lift their gaze from their notebooks, become mathematical plains, seeking a moment of rest in the bay windows that dominate the enormous office, they invariably encounter the same view: transformed into numerals, snowflakes cover the city with a blanket of unsolvable equations. After blinking, after rubbing their eyes hard enough to wring tears from them, the accountants recommence their tasks with the certainty that down there, out there, are pedestrians who stop in the midst of the crowd to shake digits off their overcoats and hats. The storm, however, does not prevent Abel from following the news, broadcast over a radio off in some uncertain corner of the office. With Kurt Weill in the background-now "Alabama Song," now "Nannas Lied"-and with growing astonishment, he listens to the official reports of the demonstration in the plaza: thirty policemen seriously wounded, another group with bruises and even razor cuts, minor property damage, forty-three demonstrators arrested, and luckily-the announcer's voice trembles-no civilian casualties, just another demonstration in this, our very own demonstration capital. Pencil industry spokesmen comment that their companies, far from being affected by the uprising, continue to push on full steam ahead. "Despite illiteracy's efforts to eradicate it," said one impresario who refused to give his name, "writing will exist for some time to come." A chain of black and white images slides across Abel's mind: a child's shoe and a mane of black hair, yes, but also a forest of clubs, a field of berets, an ear hanging from a thread, noses reduced to thick streams, figures cradling inert bodies. Taking advantage of Mr. Kane's absence, he gets up stealthily to go to the bathroom-each employee is entitled five such trips a day-to take care of the bloodstain on his pants, which has finally vanished after a frenzy of soaping. As he returns to his desk, with a damp oval on the hem of his left leg, he wonders if a bit of detergent might be enough to erase the print the crowd has made throughout history.
     As always, the arrival of lunch hour is preceded by an ashy paralysis, a kind of stupor that turns the accountants to statues for a few moments: pencil or pen raised, they await the liberation signaled by a bell reminiscent of a raven's caw. And then comes the scattering, a symphony of chairs being pushed back and notebooks closing, a rapid yet ordered stampede of wire-rimmed glasses walking down stairs, glinting before they meld with the wide shadows of the cafeteria. Though he knows that "lunch hour" actually consists of barely thirty minutes in which to choke down a sandwich and a cup of coffee-one might say that time is another of the materials the company is able to mold to their whims-Abel remains glued to his seat and pretends to be buried in his numbers until the office empties. Then, warily, leaving his pencil in his notebook as a kind of bookmark, he stands up, trying not to make too much noise with his chair, and turns towards the half-open door to reassure himself that only the half-light is wandering through the hallway. He waits for the second hand on his watch to make a complete three-hundred and sixty degree revolution before he walks out of the office and begins to tiptoe towards the elevator's metallic door; every five or six steps he stops and listens closely, aware of the reprimands he will have to endure if any of his superiors discover him roaming the corridor during lunch. Though for some reason he had imagined he would find it somehow different-perhaps slightly warm, like an organism about to begin breathing-the elevator door greets him the same as ever, obstinately closed like a long-shut eyelid. Abel looks to the right and the left before reaching out a hand to stroke the metal, which is as frigid as only a dead thing can be. As he takes his hand away, two images gleam clearly in front of him: one, of his own fingers darkened by a mix of hair and blood, impels him to check his pants until he is absolutely sure that the damp oval has completely disappeared; the other-a set of lips unfolding like grey petals-causes him to remember that Mr. F.'s anecdote involved an elevator with a grate, not a door, an antique grate through which the twinkle of a glass eye could just be made out. Where, Abel wonders, might that grate be? In what section of which floor was Mr. F. when he crossed the forbidden threshold? Why had he not realized until now that the "Out of Service" signs hung on doors, not on grates like old elevators have, betraying the deceased accountant's tale? And why, to get this over with sooner rather than later, had he not concerned himself until now with these trifling details-grate, door-that were making him think of an elevator to the gallows, of a formless mass moving agitatedly in the depths of the building? The crowd, I've been bewitched by the crowd, Abel tells himself as he begins to push against the metallic door-if not against the grate-with both hands, attempting to open it at any cost, to wrench it from the wall, to rip the secrets from it one by one as if behind it throbbed Mr. F.'s voice, Mr. F's face, half-stained with blue numerals, and not that clamor that begins to ascend from some imprecise point within the building, that din reduced, little by little, to merely a pair of syllables-A-bel, A-bel, A-bel-carrying with it images of chaos, workers in a snowstorm, their mouths open in a shout, women lined up on sidewalks with their hair dyed bloody, white plazas strewn black with children's shoes-A-bel, A-bel-avenues carpeted with berets and clubs, cities populated with bodies that have frozen in the form of question marks, fields where instead of bushes mounds of clothes grow-A-bel-maps of pain and anguish that diffuse when the elevator door yields with a deafening noise that reverberates down the entire length of the hallway, emitting a cloud of dust behind which Abel manages to make out not the empty space he had expected but rather a brick wall to which he stretches out his hand in order to feel the vibration of the cubicle which has begun, there in the building's esophagus, to move with an ancestral weight.
     "Might a person know what is the cause of all this commotion?"
     The voice, ringing out like a whiplash from one end of the corridor, belongs to an executive who, silhouetted against the light of an office, his arms akimbo, a half-smoked cigar stuck between his lips, shoots a furious look down the hallway, setting the shadows around his face ablaze. By some sudden survival instinct, Abel moves away from the beam of light falling from the bulb that swings slowly, strangely, above his head; he turns his back on the figure with the cigar and, whistling a few notes of Kurt Weill, he pushes hard against the elevator door, closing it with an equally deafening noise. Then, still whistling, he starts to walk towards the stairs with an indifferent step.
     "Hey there!" exclaims the executive. "I'm talking to you! What is the cause of all this commotion?"
     "Revision," Abel answers, without turning around and without slowing his step, "it's the monthly revision."
     "Revision?ÍRevision of what?"
     "Of the elevator, what else?" Abel reaches the stairs. "It needs regular maintenance to avoid accidents. You know, orders from the top so we don't sink down to the bottom."
     "But if the elevator doesn'tÍHey!ÍWhat's your name?ÍI haven't seen you around here beforeÍI have to report youÍHey you!ÍI'm talking to you!ÍWhoÍ? You aren't a technician!ÍHey you!ÍWhy all the commotion? Hey!Í"
     The hubbub of the cafeteria envelops Abel in a chrysalis within which he feels safe enough to take off his sweat-fogged glasses and clean them with his handkerchief. Two of his officemates lift their eyes from their disposable cups to look at him curiously. Abel moves towards them, noticing that other, equally curious gazes are glued to the back of his neck, his shoulder blades, his waist. When he gets to the high table-the stools have been taken away in order to guarantee that the lunch hour will pass rapidly-he claps his youngest colleague on the shoulder and, feigning a nonchalant air, asks no one in particular:
     "Any news?"
     "Any news?" repeats his eldest colleague, without hiding his surprise. "What's the news with you? Are you fasting? There are only nineÍno, eight minutes left until lunch hour endsÍ"
     "My stomach," Abel interrupts him, pointing to his belly. "Something didn't sit well with me last night, I had to go to the bathroom. Just diarrhea, nothing serious."
     "So now you've only got three trips, right, to the bathroom left," says the young colleague, shaking off the shoulder that Abel had slapped as if it were covered in dust. "And don't forget that you're being sanctioned. You were late to work today, right?"
     "What's all this?" Abel pulls back, looking at him with disgust. "You also spend your time accounting for sphincters?"
     "No, nothing like that, right, I just wantedÍ"
     "Mr. Kane was asking about you," the elder colleague intervenes. "He thought that you might have left the office without permission, you know, because of the sanction. And alsoÍ"
     "Also what?" Abel is impatient to discover that the phrase might be left hanging in the air like a wisp of smoke.
     "Also," the young colleague interrupts, lowering his voice to a conspiratorial tone, "there's a rumor that you participated in this morning's demonstration. In the plaza, right, and that that's why you got to work late. How ridiculous, who could be interested in demonstrations, especially as an accountant. The thing is, right, that a little while ago they announced that one of the policemen wounded in the demonstration died. On the news, right, we all heard it. The mayor expressed his condolences to the family and proposed a city-wide day of mourning for him tomorrow. How horrible, about the vandals, right, no one's safe. Violence, right, violenceÍThe issue is that the company doesn't want any of its employees to be involved. In the death of the policeman, right, and we all heard it. On the news, right?Í"
     While his young colleague continues to spin out his tiresome telegraphic spiel about vandalism and the disadvantages of living in a large city, Abel casts his gaze around the cafeteria, gathering new looks of curiosity that slide up and down his body; he finally rests his eye on the niche in the corner from which a radio unfurls, between bursts of static, a version of Weill's "Surabaya-Johnny." For an instant, behind the worn cloth the covers the speaker, he thinks he glimpses a glassy shine, the glint of an artificial eye. The vision shatters when the same bell that proclaims the beginning of lunch hour sounds once again. Joining the orderly stampede of eyeglasses abandoning the space, with its fragrance of fried ham and tepid clothing, Abel thinks of ravens flying over a snowy plaza covered in footprints which become numbers in an accounting notebook. He thinks, as he once again climbs the same stairs as always behind the backs of the same necks as always, of a face stained with blue figures, blinking in the depths of an elevator, calling him, invoking his name, urging him to act: A-bel, A-bel, A-bel. He thinks, as he once again melts into the twilight that reigns inside his office, of the queen of all tresses, of the capillary spell that comes over him when he descends into the abyss of his dreams like an explorer with no lamp to light his way.


                         ▀


The sensation is extremely familiar: a sort of gradual coming loose, a disjointed forward movement as you slip through the narrow space of the abyss attached to the rope that your unconscious has turned into an umbilical cord. Moisture runs down the walls of the pit, like the damp soaking the cord; despite the way it drips into the depths, with the cadence of an underground leak, it has only one single explanation: snow, melting snow, snow from the ever more distant surface. Descending into that dripping, precise darkness, which might almost be called spherical, is the same as slipping backwards down a path on a snowy peak during the night thaws: the moon has disappeared and there, down below in the valley, the encampment lies in wait, roiling pots and elixirs lie in wait, the bonfire, surrounded by shadows, lies in wait as it does on the night of Walpurgis, celebrated-a voice inside your head notes-on Mayday, the very same day as International Workers' Day, when no one labors save the witches and their accountants. Here, however, there are no witches and there is no bonfire: only shadows upon shadows, layers on layers of blackness, and that liquid rumor that suggests a nostalgia for the light, more than for the snow. Looking closely, though-it is possible now to make out the curve of the walls, a viscous predatory vibration-there is actually a glimmer at the bottom of the abyss, an exact circle of whiteness that grows while the umbilical twine slides through your fingers, cold and nauseating, a circle that becomes your last hope for salvation when you abruptly reach the end of the rope and begin to fall freely, flying down a shadowy throat, uselessly flailing your arms and legs in search of some hold, a circle that suddenly explodes before your eyes, dissolving into a white avenue along which-in the most rigorous slow motion-men and women move, escapees from a silent film. These are the historical masses, those of yesterday and of today, of magazines and newspapers, books and documentaries, those that march, impassive, toward the snow's origin: figures whose undifferentiated features and clothes belie the inheritance of anonymity. To walk among them, to become confused with them, produces a joy that quickly ceases to be merely an abdominal spasm and begins to flood your entire body, the entire panorama, becoming absolute communion. It doesn't matter, as they file past the windows of shops that have been closed for centuries, that their reflection shows nothing more than a deserted street populated only by aimless white ashes: who could possibly care about reflections, especially as part of the mob. Especially if in the middle of the sidewalk, among overcoats and hats, it is possible to glimpse a mane stretching out like a dark jellyfish going grey with the snowflakes that begin to fall more insistently. In fact, you have to blink energetically, or, better, close your eyes for an instant so no particles blow against your iris; and when you open them it doesn't matter that the crowd has become paralyzed and you are the only person still moving in an opaque sea of statues, a frigid and patient sea under the drizzle of shavings that calls to mind a band of angels sharpening pencils among the clouds, forcing you to lift your gaze-using one hand as a kind of visor-to observe that the sun, the mere intuition of a sun, has been replaced by a black hole in the middle of the sky, undoubtedly the mouth of the pit from which you've only just emerged. Blinking your eyes, you can just make out, way up there, at the other end of the opening, an office with various rows of desks, empty except for one on which a man sleeps with his head down on his arm. The sensation transmitted by that opaque medallion hanging from the heavens is extremely familiar: a kind of abrupt numbness, a disjointed forward movement towards sleepless vigil as your muscles and tendons give way under their cranial load. But now you must bring your gaze back to earth, to discover with the beginnings of terror, while the scene in front of you begins to dissolve at the edges, that the snow is stained red: large clots of blood pepper the avenue, the sidewalks, the clothes of the petrified crowd, your own pants, part of your vest, the tips of your shoes, the palm of one hand. You must rush now, you must ignore the blots of scarlet and the metallic stench that takes possession of the street, you must hurry your step because over there is the queen of all tresses and the scene is dissolving, the scene is vanishing as if an enormous eraser were being rubbed over it so you can just glimpse the edge of a desk, the sleeve of a suit jacket stained by an ellipse of saliva but there is the mane, there is the jellyfish unfurling her tentacles colored white and crimson, there are the first pains shooting through your numb arm, pains that don't prevent your hand from reaching out to lift, with one motion, the woman's head from where it was lying on the snow, there is the desk, more and more clear, superimposed over the scene which dissolves into tattered fragments among which the woman's face flashes, her features almost supernaturally vivid, and beneath them a mob of indistinct faces seems to stir, her eyes like unfathomable depths out of which any glimmer of humanity has fled, her mouth that opens like a third hollow in the middle of that convulsed mask to let out a whisper that brings together a legion of voices:
     "Abel."
     Then a pause, and again the whisper, the multiple whisper:
     "What are you doing here, Abel? This is a dream. There's no use for you here. Go away. Wake up."

 
to be continued...

Jen Hofer is originally from the San Francisco Bay Area and currently lives in Mexico City where she is editing and translating an anthology of contemporary poetry by Mexican women, which will be co-published by University of Pittsburgh Press and Ediciones Sin Nombre. Her translations, essays and poems can be found in recent or shortly forthcoming issues of Explosive, kenning, Lipstick Eleven, Skanky Possum, and Tripwire, as well as the a+bend chapbook "as far as" (available from Jill Stengel at jilith@aol.com). Her book, Slide Rule, will be published by Subpress Collective in 2001.

Links:

www.durationpress.com

www.morningred.com/friend

www.articlemagazine.com

How2, an online journal of feminist poetics

Email: jenho@mindspring.com

 

HomeArchivesSubmitCorpse CafeCorpse MallOur GangHot SitesSearch

Exquisite Corpse Mailing List Subscribe Unsubscribe

©1999-2002 Exquisite Corpse - If you experience difficulties with this site, please contact the webmistress.

.