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Exquisite Corpse
Issue 8A Journal of Letters and Life

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Muchedumbre (Parte 4)
by Mauricio Montiel Figueiras

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Crowd (part 4)
translation by Jen Hofer

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El despertar, repentino, no ha logrado suprimir del todo la impronta onírica. Aunque se ha levantado de su asiento para frotarse el brazo y hacer que la sangre circule, aunque ha ido al baño para lavarse la cara -nadie, a fin de cuentas, podrá contabilizarle ese viaje: el despacho está vacío, del señor Kane queda un aroma a ropa vieja en el ambiente-, aunque ha regresado a su escritorio con el frío claveteándole las facciones e instalándolo en una borrosa vigilia, Abel ha vuelto la mirada hacia los ventanales para toparse con una estampa de su sueño: un rostro que pende del cristal con la palidez de una lámpara china, una melena tejida por vetas de nieve y crepúsculo, unos ojos que lo escrutan como una penumbra doble. Nada, ni las luces que alguien ha encendido y que remiten a un cuarto de disección -los escritorios son planchas en espera de cadáveres después de un mitin-, puede alcanzar el fondo de esos ojos que gravitan la intemperie. Son los ojos, la melena, el rostro inventado de María.
     -María -murmura Abel, y el nombre reverbera en el despacho y se funde con los copos que caen al otro lado de los ventanales, en el otro extremo del mundo, lejos de la realidad.
     María, reina de las cabelleras, ama y señora de las pesadillas profundas.
     -María -repite Abel, dirigiéndose a la ventana, y esta vez el nombre choca contra el níveo rostro y lo diluye, y la mano palpa el vidrio donde perdura la sombra de unos ojos implacables, y desde algún lugar del edificio llega el rumor del ascensor que sube o baja con su cargamento fantasmal.
     ̉Quién, piensa de golpe Abel, se ocupa de los objetos de los difuntos? ̉A dónde van a dar al cabo del duelo y las formalidades que conducen lenta, inexorablemente, a ese callejón sin salida que es todo testamento? ̉Hay un limbo en el que las cosas de los muertos se lamentan de su orfandad mientras aguardan la sentencia que determinará su próximo destino: la mesa al centro de la sala de la única sobrina, el clóset del pariente que rompió en llanto durante el sepelio, el oscuro desván del desamparo donde las arañas tienen la última palabra? Abel observa la ciudad amortajada por la nieve, la muchedumbre del ocaso inmersa en un flujo de bufandas y abrigos que parecen aves luctuosas. Su memoria es un ojo que ahora sólo puede captar a María, el cuerpo de María como un garabato quebrado bajo un rótulo periodístico: "Nueva manifestación; saldo de veintidós muertos". Abel conserva el recorte con la imagen desde hace siete años; el tiempo ha dejado su huella en forma de una penumbra rubia que tiñe el cadáver de la mujer anónima que él decidió llamar María por una fijación quizá más edípica que bíblica, y cuya sangre diseña una segunda melena ya sepia en la avenida nevada a la que un fotógrafo también desconocido la condenó para siempre. ̉Quién, ha pensado Abel a lo largo de tantas tardes iguales a ésta, se habrá encargado de las pertenencias de María? Luego de ser arrebatada por el anonimato estadístico, de ser disecada en esa morgue en miniatura que es la fotografía, ̉qué habrá sido de sus faldas, de sus almohadones, de su álbum familiar? ̉Habrá usado anillos, rímel, zapatos de tacón; habrá usado encajes? ̉Qué habrá pasado con el perfume recibido en una navidad lejana; se habrá quedado en un rincón del tocador, una bombilla cuya luz se concentra en glóbulos cada vez más pardos? ̉A quién contemplarán ahora los retratos -los padres recién casados, la tía con vestido de fiesta- que estudiaban la caída de la noche desde un muro aterido de humedad? ̉Habrá otros ojos que se asomen a la luna del ropero; habrá otras manos que acaricien los brazos de un sillón, los bordes de una alfombra? ̉Habrá alguien que se acerque al anochecer a la casa de María y crea percibir, tras las ramas desnudas de un árbol, el brillo de un rostro en la ventana del dormitorio; un rostro similar al que de cuando en cuando brota entre sueños, un rompecabezas de facciones femeninas entrevistas en la calle y en los diarios; el rostro ficticio de María, ya que el verdadero fue aplastado por una porra -a veces es posible oír el crujido del cartílago, la fractura del hueso- y ha quedado oculto salvo para la nieve y algún médico forense que quizá haya fallecido?
     Mañana, se dice Abel, mañana es el séptimo aniversario. Año tras año, desde que dio con la fotografía del cuerpo bocabajo, conmemora la muerte de María; aunque un tanto deslavada, la fecha aún puede leerse en la esquina inferior izquierda del recorte. Mientras se instala frente a la libreta contable, Abel recuerda sus primeras visitas infructuosas a los cementerios de la ciudad; la verificación, previa propina de por medio, de registros donde los difuntos se reducían a un muestrario de caligrafías ilegibles; las caminatas por senderos arbolados -era un decir: hacía tiempo que el clima había erradicado a las frondas- en busca de una María cualquiera cuyo deceso coincidiera con la fecha del recorte; la frustración ante tumbas donde el agua de floreros y vasijas era una elocuente modalidad del abandono; la nostalgia junto a mausoleos frecuentados por pájaros que dejaban sus excrementos en ofrenda a la indiferencia de ángeles y vírgenes. Y entonces, sin aviso, sin una mínima premonición -o quizá, pensándolo bien, algo al fondo de un sueño, un destello rocoso entre la multitud-, el hallazgo entre la nieve: una lápida reclamada a medias por la maleza, un epitafio cuyos trazos denotaban no la lenta decantación del dolor sino la urgencia de olvido: "María, fiel esposa de Saúl, madre amantisima de Pablo". Debajo, en pequeños caracteres, la fecha de deceso justa: María muerta a los treinta y tres años.
     Por alguna razón que se le escapa, Abel interpretó el error ortográfico, el acento ausente de la palabra "amantísima", como un buen augurio, una señal de la mujer anónima. Imaginó a Saúl, hundido más en el estupor que en el duelo, redactando el epitafio en una hoja arrancada a un bloc mientras Pablo -lo imagina ahora con boina y suéter, pantalón oscuro, zapatos de goma- lo observaba parapetado tras un juguete indefinible. Imaginó la mirada seca de Saúl durante el funeral, los ojos húmedos de Pablo cada vez que alguien se acercaba para abrazarlo y decirle al oído que su madre había sido una mujer valiente, ejemplar, un ser maravilloso. Imaginó a Saúl en casa, acariciando una falda y recordando el roce de unas caderas contra la tela mientras se preguntaba qué habría estado haciendo su esposa en una manifestación con saldo de veintidós muertos. Imaginó finalmente a María -su rostro como un vestido hecho de retazos- al momento de recibir el primer golpe y decidió, de pie ante la lápida con su error ortográfico, que ésa sería la mujer cuya muerte conmemoraría año tras año y que no le importaría que no fuera la misma que había sucumbido en una avenida nevada. Para él ésa sería la tumba que debería visitar puntualmente y que en adelante haría las veces de fosa común de la muchedumbre histórica. No le importaría, como no le importó cuando sucedió, que alguna vez lo sorprendieran los parientes de la difunta: un hombre en silla de ruedas, por ejemplo, un hombre de escaso bigote -bien podría ser el señor F.- acompañado de un joven que en el cuarto aniversario se aproximó a Abel queriendo saber si había conocido a su tía, si la había tratado desde mucho antes del accidente. No le importaría guardar un minuto de silencio, depositar sus flores blancas sobre la blanca tumba para luego darse la vuelta y enfilar hacia la salida del cementerio ignorando la voz del joven y los sollozos del señor F., que poco a poco se volverían las más delgadas hebras de la tarde convertida en pálido sudario.

      ¼


Brusca, definitivamente, Abel despierta con la certeza de que alguien lo ha estado espiando mientras dormitaba en el escritorio.
     Al otro lado de las ventanas el crepúsculo se ha disuelto en una noche preliminar: enormes migas de sombra se alternan con la nieve que no cesa de caer, transformando a la urbe en una mala copia de una película antigua. La atmósfera que reina en el despacho desierto, y que también hace pensar en un trozo de celuloide, se ha electrizado: la vibración de una presencia cercana eriza los vellos de la nuca de Abel, que pasea la mirada por sus alrededores. El aroma a ropa vieja del señor Kane -̉o fue un aroma soñado?- ha sido sustituido por un olor más penetrante, un hedor que remite a un cuerpo confinado a la estrechez de un cubículo. Un cuerpo con un estambre sanguinolento colgándole de la nariz.
     Como alcanzado por una descarga, Abel se incorpora y derriba la silla. La puerta del despacho se balancea imperceptiblemente. En el umbral se ha generado cierta actividad, la lenta concentración de partículas que ocupan el hueco recién dejado por alguien. Con los nervios en punta -puede sentir el cosquilleo de casi cada terminal nerviosa-, Abel espera. Cree oír la fricción de la nieve, el tacto de la noche contra los cristales. Cree saber en qué momento se interrumpe el vaivén de la puerta. Cree percibir algo semejante a un oscuro aleteo en el umbral; por un segundo ve el edificio lleno de pájaros, reclamado por plumas y picos que horadan el aire como lápices. Cree escuchar una voz que lo llama desde el corredor, apenas un rasguño de tabaco: A-bel. Pero no, ahora no es su imaginación, ahí está de nuevo el rasguño -A-bel-, dos sílabas lanzadas por la penumbra que bosteza tras la puerta entreabierta.
     Con el corazón encogido, se separa del escritorio y da unas zancadas que resuenan en la quietud. Se detiene. Al oír su nombre por tercera vez, va a la puerta y la abre de un tirón. Las lámparas del pasillo titilan y reasumen su inútil cometido de aligerar la negrura que techo y paredes derraman como un caldo espeso. En ese caldo, flotando a la deriva, está el hilo de luz que se desprende de una oficina situada al otro extremo del corredor, un filamento que crece conforme la puerta de la oficina se abre y choca en el muro. En el umbral se dibuja la silueta de un hombre enjuto que voltea hacia Abel y agita una mano -el bosquejo de una mano- a modo de invitación: ven, ven. Luego mano y hombre se esfuman, dejando en el ambiente el temblor de unas uñas manchadas de nicotina, el resplandor de unas facciones teñidas de cifras azules.
     Abel sale al pasillo y avanza hacia la luz. A la entrada de la oficina titubea, y en su mente destella la figura de un ejecutivo con los brazos en jarras y un habano en los labios: ̉se puede saber a qué se debe el escándalo? La habitación naufraga en una opacidad hendida por una lámpara de biblioteca, un ojo cubierto por un párpado verde que esparce su calidez desde el escritorio, delineando formas de cuero y madera profunda. El aroma a tabaco es la presencia más fuerte, casi algo sólido que subraya la falta de elementos vivos, casi un dedo que pende en la atmósfera y apunta hacia la reja del ascensor cerrada como dentadura a unos metros del escritorio. Del hombre enjuto no queda más que la insinuación de una sonrisa: el relampagueo de la caoba entre las sombras.
     En medio de su estupor, Abel cierra la puerta. Imagina el castigo que recibiría si alguien -el propio ejecutivo del habano, por ejemplo- volviera a la oficina por unos papeles y se topara con un intruso merodeando en la oscuridad. El rasguño de tabaco regresa, pero esta vez son palabras inconexas que retumban en la mente: huelga, números rojos, sanción física, muchedumbre. El silencio deviene una opresión al centro del tórax. Asma, piensa Abel, así que el señor F. era asmático. Con paso cauteloso se acerca a la reja -que no a la puerta- del ascensor y la roza con los dedos como para certificar su existencia; luego pulsa el primer botón del panel. Con el zumbido que ha puntuado la rutina de la compañía, el elevador sale de su letargo y empieza a trepar por el esófago del edificio, viejo alimento de rumores que se materializa con un fulgor de metal. Abel entra al cubículo como si entrara a un sueño ajeno: la transgresión se ha cumplido al fin, ha hollado territorio de fantasmas. Antes de correr la reja distingue de nuevo, en la penumbra de la oficina, el centelleo triunfal de una sonrisa.
     Y entonces el ascensor arranca y Abel se integra al zumbido legendario, Abel es ya parte del fulgor que sube por una tráquea negra, Abel comienza a adivinar pisos abandonados a su suerte de polvo y telarañas. Adivina una silla y una mesa entregadas a los ritos de la soledad, un escritorio en cuya cojera parece cifrarse el destino de su propietario, un pizarrón donde los años han inscrito una agenda de trabajo segada por una guerra de hemeroteca. Adivina un montículo de ropa, un sofá doblegado por revistas que hojea la decrepitud, la recepción de una empresa en quiebra cuyo nombre ha sido tachado con cincel del directorio de bronce que cuelga en el vestíbulo del edificio. Escucha rasguños y voltea; la máscara numérica con la que esperaba enfrentarse resulta ser una cucaracha luchando por trepar por una pared del elevador. Cree ver las patas del insecto agitándose y siente que lo invade la náusea, una mezcla de tristeza y repulsión por ese otro intruso orgánico, una marea de asco que lo obliga a detenerse y salir a vomitar entre las sombras, un flujo que quisiera resumir la lástima por las multitudes que intentan remontar sin éxito los muros de la historia.
     Las arcadas terminan y él permanece en cuclillas, mirando el suelo por donde -hasta ahora cae en la cuenta- se arrastra un brillo que no proviene del ascensor. Conforme sus ojos se adaptan a la opacidad, descubre que ha llegado a un despacho en desuso, vacío a excepción de unos escritorios rencos y un imponente archivador que acepta con desinterés la ofrenda de luz hecha por una bujía que parpadea al centro de una mesa, prendiéndose y apagándose como si no soportara las embestidas de la negrura. Junto a la mesa, empequeñecida por el archivador, hay una silla que apenas sostiene a la figura que la ocupa: un hombre de espaldas con las manos atadas y la cabeza gacha en actitud reverencial, un acólito dirigiendo sus oraciones a un monolito metálico.
     Abel se acerca a la silla. Escucha, cada vez más inútiles, los rasguños de la cucaracha en el elevador. Cree ver, sobre los escritorios, libretas donde la mugre y el olvido llevan su propia contabilidad. Ve las manos del hombre, dos globos ligados a la altura de las muñecas por un pedazo de soga. Ve unos hombros hundidos, una camisa desabrochada y ensangrentada, unos tirantes que cuelgan como apéndices. Ve, a la luz de la bujía que se prende y se apaga -se apaga y se prende y se apaga-, un rostro vuelto un compendio de jirones, una boca abierta en un grito relleno de tela. Reconoce, entre esos rasgos tumefactos, los ojos de su colega más viejo -̉alguna novedad?, ̉qué novedades nos trae usted?-, la mirada que brota de la inconsciencia para quedar fija en el archivador que refleja tenebrosamente la luz que se prende y se apaga, se prende y se apaga, se prende y se apaga. Oye, agregando otra nota al horror que lo inunda, el zumbido del ascensor puesto en marcha en otro piso; voltea hacia atrás justo cuando el fulgor del cubículo se diluye, dejándolo a solas con la máscara roja que parece pedir clemencia al tótem -al dios, piensa de pronto- alumbrado por la bujía. Intenta recordar el nombre de su colega y al fracasar -su memoria es un vértigo de nieve y sangre, un dédalo de palabras sin hilación- empieza a sacudirlo por los hombros y a decirle que se mueva, que despierte, que haga algo porque el ascensor se ha detenido en el piso superior -el último del edificio, acota al pensar en el destello de un ojo artificial-, que se despabile de una vez por todas si no quiere que ambos paguen las consecuencias. La única respuesta que obtiene es un hilillo que surge de entre los labios del hombre y cuelga unos segundos antes de fundirse en el charco a sus pies y ahí está de nuevo el zumbido, ahí viene el elevador de regreso y de un salto él se aparta de su colega para buscar un escondite, una puerta, el acceso a unas posibles escaleras que no cede a los embates de las manos bañadas por la luz que se prende y se apaga, se apaga y se prende denunciando la cercanía del ascensor, la aparición inminente del dueño de esos zapatos que ya se alcanzan a distinguir, la sofocante presencia del monolito tras el que hay que escurrirse para quedar integrado a una tiniebla olorosa a insectos muertos.
     Desde su improvisado refugio, Abel capta una mezcla de ruidos: el golpe del elevador al detenerse, pasos que hallan eco en la estancia vacía, sollozos envueltos en tela, el castañeteo de unos dientes -los suyos- que interrumpe apretando las quijadas. Mientras los pasos se aproximan, se desliza hacia un lado del archivador hasta asomar una oreja, el borde de las gafas, y volverse un ojo furtivo que estudia el escenario. Ve la figura enhiesta de un hombre que avanza recortado contra la luz del ascensor; ve un objeto largo que deforma una mano del hombre; ve a unos metros el rostro de su colega, contraído en un rictus acentuado por el pestañeo de la bujía. Ve que el hombre llega junto a su colega, se inclina como para susurrarle algo y se vuelve el señor Kane: la camisa arremangada y moteada de carmesí, el pelo un caos de llamas rebeldes, las facciones sudorosas y disueltas en una expresión donde se confunden el arrojo y el titubeo, la piedad y la ira. Escucha la voz de ese nuevo señor Kane, un murmullo que deviene una retahíla de exigencias, un tuteo estremecedor: dime quién planea la huelga, dime quién participó en el mitin de hoy, dime quién o quiénes se merecen la paliza que te estoy dando. Dime por qué no me contestas aunque te arranque de un tirón la tela de la boca, por qué escupes sangre y hasta un par de dientes, en qué idioma gimes porque no te entiendo. Dime a quién pueden interesarle las manifestaciones sobre todo siendo contador, por qué en lugar de responderme pides ayuda con un hilo de voz que nadie oye y te agitas en el asiento como si no supieras que te he roto una clavícula y las rodillas y que en caso de que te desatara serías un espectáculo hilarante, un garabato que intentaría reptar hacia la salvación cuando aquí no hay más que penumbra y una bujía que se prende y se apaga, se prenderá y se apagará por los siglos de los siglos hasta que pares de toser y arrojes un nombre y menos coágulos al suelo. Dime por qué me obligas a alzar la porra que alguien podría confundir con una deformidad de mi mano, de dónde sacas fuerzas para resistir los golpes en el rostro y los hombros y el pecho y los muslos, por qué no te hartas de escuchar el chasquido de la carne y los huesos, cuándo me contestarás en lugar de bajar la cabeza y desmayarte y dejarme hablando a solas con las sombras. Dime de qué privilegios gozas para apropiarte del cansancio que yo también padezco y que me lleva a apoyarme en la mesa para limpiarme el sudor y respirar agitadamente mientras la porra se fuga entre mis dedos y choca contra el piso con un ruido que me pone a temblar y a gimotear como si yo fuera la víctima y no el verdugo espontáneo. Dime por qué hasta ahora noto el brillo de unas gafas tras el archivador, de quién es la figura que emerge de la oscuridad y se precipita hacia mí y me derriba con todo y mesa y bujía y me suelta un porrazo que me alcanza en la nuca y me hunde en una fosa de la que poco a poco salgo para discernir a un hombre entrando al ascensor, un hombre cuyos rasgos me parecen familiares pero que no puedo ubicar porque mi memoria es un torbellino de puntos luminosos, un hombre que cierra la reja y se esfuma robándome la luz, un hombre que regresará a algún despacho para recoger abrigo y sombrero y apagar los interruptores y borrar todo rastro de su presencia. Dime, por favor dime quién es el hombre que bajará temerosamente las escaleras y saldrá del edificio sin que nadie repare en él para perderse con paso de fantasma entre los gruesos copos de la noche.

 
Continuará...

Waking, abruptly as after any unplanned sleep, still hasn't completely eliminated the impression of his dream. Though he's stood up from his seat to rub his sleeping arm and start his blood circulating again, though he's gone to the bathroom to wash his face - after all, there's no one to count that as one of his allotted trips: the office is empty, and all that's left of Mr. Kane's presence is the odor of old clothes in the air - though he's returned to his desk with the cold studding his face, charging him with a blurry wakefulness, when Abel turns his gaze to the large windows, he encounters an image from his dream: a face hanging in the glass, pale like a paper lantern, a mane of hair woven with streaks of snow and twilight, a pair of eyes that scrutinize him like twin hollows in the gloom. Nothing, not the lights, which someone has turned out and which remind him of a dissection room - the desks are slabs waiting for cadavers after a protest - can reach the depths of those eyes that weigh down the stormy emptiness outside. Those are Mary's eyes, her mane, her invented face.
      "Mary," Abel murmurs, and the name reverberates in the glacial office, before merging with the snowflakes falling outside the windows, on the other side of the world, far from reality. Mary, queen of all tresses, mistress and lady of his deepest nightmares. "Mary," Abel mutters again, abandoning his desk and turning to the window, and this time the name collides with the snowy face, which quickly disappears as his hand strokes the glass where the shadow of a pair of implacable eyes remains, and from somewhere in the building the rumor of the elevator, going up or down with its ghostly cargo, reaches his ears.
     Who, Abel thinks suddenly, takes care of the objects of the dead? Where do they end up after the grieving, after the formalities that lead slowly, inexorably to that dead end alley all testaments are? Is there some limbo in which dead people's things mourn being unexpectedly orphaned while they await the judgment that will determine their future destiny: an only niece's living room table, the closet of the relative who wept through the burial, a dark deserted attic where the spiders have the last word? Abel watches the city, shrouded in snow, the evening crowds immersed in an overflowing tide of scarves and overcoats that look like sorrowful birds. His memory is a huge eye that can now see only Mary, Mary's body like a broken scrawl under a newspaper headline: "Another Demonstration: 22 Dead." Abel has kept a clipping of the image for seven years; time has made its mark on it in the form of a yellowish gloom staining the corpse of the anonymous woman he decided to call Mary because of some fixation - perhaps more Oedipal than biblical - whose blood sketches a second mane, now sepia, next to her hair on the snow-covered avenue to which an equally anonymous photographer condemned her forever. Who, Abel has wondered on many afternoons just like this one, might have taken over Mary's belongings? After she was yanked into statistical anonymity, after she was dissected in the miniature morgue of that photograph, what might have become of her skirts, her favorite pillow, her family photo album? Did she wear rings, mascara, high heels? Did she wear lingerie? What might have happened to the hypothetical perfume she received for some far-off Christmas, might it have remained on some corner of her dressing table, a bulb where the light concentrated in ever duller corpuscles? Who might the portraits studying the falling night from a damp, numb wall - her recently-married parents, her aunt in a party dress - contemplate now? Might there be other eyes that peer into her closet mirror, might there be other hands that caress the arm of an easy chair, the edges of a rug? Might there be someone who nears Mary's house at dusk and thinks they can distinguish, behind the naked branches of a tree, the glint of a face in the bedroom window, a face similar to the one that appears from time to time in dreams, a jigsaw puzzle of feminine features glimpsed on the street and in the papers, Mary's fictitious face, since her real one was crushed by a club - it's possible, at times, to hear the cracking of cartilage, the fracturing of bone - and left hidden to everyone other than the snow and some forensic doctor who by now has perhaps passed away as well?
      Tomorrow, Abel says to himself, tomorrow is the seventh anniversary. Year after year, ever since he came across the photograph of the face-down body, he commemorates Mary's death; though written in slightly faded blue ink, the date is still discernible on the lower left-hand corner of the clipping. As he settles himself in front of the accounting book, Abel recalls his first fruitless visits to the city's cemeteries; his examination, facilitated by a small tip to the guard, of endless registries where the dead were reduced to a collection of illegible scribbles; his walks along tree-lined paths - it was a figure of speech: the weather had done away with the foliage some time ago - searching for any Mary whose death might coincide with the date on the clipping; his frustration at seeing graves where stagnant water filled flowerpots and vases, an eloquent kind of desertion; his nostalgia beside mausoleums frequented only by birds who left their excrement as an offering to the indifference of angels and virgins. And then, with no warning whatsoever, without even the slightest premonition - perhaps only, if he thought very hard, something from the depths of a dream, a stony glimmer in the multitude - a discovery under the obstinate snow: a gravestone half-overtaken by the brush, an epitaph whose lines suggested not the slow decanting of pain but the urgency of oblivion: "Mary, faithful wife of Saul, lovng mother of Paul." Underneath, in small lettering, the exact date of her death: Mary, dead at thirty-three.
      For some reason he can't quite recall, Abel interpreted the orthographic error, that missing i in the word "loving," as a good omen, some last sign of the anonymous woman; he imagined Saul, more stunned than in pain, writing out the epitaph as fast as he could on a sheet of paper torn off a pad while Paul - he imagines him now in a sweater and a beret, dark pants and rubber-soled shoes - watched him, hidden behind some indefinable toy. He imagined Saul's dry gaze during the funeral, Paul's eyes slightly damp every time someone came up to give him a hug and whisper in his ear that his mother had been a very brave woman, an exemplary person, a marvelous being. He imagined Saul at home, distractedly stroking a skirt and remembering the slide of hips against the cloth, he imagined him wondering what the hell his faithful wife had been doing at a demonstration that had left a balance of twenty-two dead. Finally, he imagined Mary - her face like a dress made of scraps - at the moment she received the first blow and decided, standing in front of the gravestone with its orthographic error, that it would be this woman whose death he would commemorate year after year, that it wouldn't matter if she wasn't the same woman who had perished on that snowy avenue. This would be the tomb he must visit punctually each year, the tomb that from now on would act as a common grave for the crowds of history. It wouldn't matter to him, just as it didn't matter when it actually happened, when he was surprised at the deceased's grave by her relatives: a man in a wheelchair, for example, a man with a scant mustache - he could easily be Mr. F. - accompanied by a young man who approached Abel on the fourth anniversary wanting to know if he had been acquainted with his aunt, if he had known her for a long time before the accident. It wouldn't matter to him to then take a moment of silence, leave his white flowers on the white grave, and turn towards the cemetery exit, ignoring the kid's uncomprehending voice and Mr. F.'s sobs, which little by little would become the very thinnest wisps of the afternoon turned shroud.

      ¼

Abel wakes up, abruptly and definitively, with the certainty that someone has been spying on him while he dozed on his desk.
      On the other side of the windows the twilight has dissolved into the beginnings of a night: specks of shadow alternate with the snow which falls ceaselessly, making the city into a bad copy of an old movie. The atmosphere in the deserted office, which also recalls a strip of celluloid, has become electrified: the vibration of a nearby presence raises the hair on the back of Abel's neck, and he looks around the room. Mr. Kane's odor of old clothes - or was that only a dreamt odor? - has been substituted by another smell, analogous but more penetrating, a stench reminiscent of a body confined to a narrow cubicle. A body with a bloody thread hanging from its nose.
As if a current had run through him, Abel stands up and turns, knocking over his chair. The door to the office sways imperceptibly. At the threshold there has been a moment's activity, the slow concentration of particles that move to occupy the empty space which someone has just left behind. With his nerves on edge - he can feel the tickle of almost every single nerve ending - Abel waits. He thinks he hears the friction of the snow with great clarity, the touch of the night against the windows. He thinks he can sense at exactly what moment the motion of the door is interrupted. He thinks he can perceive something like a dark wingbeat in the doorway; for a second he sees the building full of birds, taken over by feathers and beaks that pierce the air like sharp pencils. He thinks he hears a voice calling him from the corridor, barely a tobacco scratch - "A-bel." But no, now it's not his imagination, there's the scratch again - "A-bel" - two syllables flung into the gloom that yawns behind the half-open door.
     With a shrinking heart, Abel separates himself from his desk, takes one step and then another, which resound in the stillness. He stops. When he hears his name a third time, he moves forward to the door and shoves it open. The lights in the hallway quiver before reassuming their useless task of relieving the blackness that spills from the ceiling and walls like a thick broth. In this broth, floating aimlessly, a thread of light emanates from an office at the other end of the corridor, a filament that grows as the door of the office opens and hits the wall. In the doorway, a man's lean silhouette turns towards Abel and waves a hand - the sketch of a hand - by way of an invitation: come here, come here. Then both hand and man vanish, leaving in the air the tremor of a set of nicotine-stained nails, the radiance of features partially dyed by blue numerals.
Abel walks out into the hallway, his stomach weak, and heads for the light. At the entrance to the office he hesitates, and an image flashes in his mind, the figure of an executive with his arms akimbo and a half-smoked cigar clamped between his lips:       "Might a person know what is the cause of all this commotion?" The room is submerged in an opacity cut through by a single library lamp, an eye covered by a green eyelid that scatters its warmth from the only desk, outlining forms of leather and dark wood. The smell of tobacco is the strongest presence in the room: something almost solid that underlines the lack of living elements, almost a finger that hangs in the air, pointing towards the elevator grate just a few meters from the desk, closed like a set of dentures. Of the lean man not even the slightest trace remains, barely the insinuation of a smile, nothing more than the sparkling of the mahogany among the shadows.
     Despite his stupefaction, Abel manages to walk to the door and close it. He vaguely imagines the punishment he'd receive if anyone - the cigar-smoking executive himself, for example - returned to the office for some papers and ran into an intruder marauding in the darkness. The tobacco scratch returns, but this time the words are unconnected, ricocheting against the walls of his mind: "strike," "red numbers," "physical sanction," "crowd." The silence becomes an oppression in the center of Abel's chest. "Asthma," he thinks for no particular reason," so Mr. F. was asthmatic after all." With cautious steps he approaches the grate - not the door - of the elevator and grazes it with his fingers as if to prove its existence; then he pushes the first button on the panel. With the hum that has forever punctuated the company routine, the elevator comes out of its lethargy and begins to climb the building's esophagus; it appears, age-old source of rumors, with a whisper of rusted gears and a somber sheen of metal. Abel opens the grate and walks in slowly, as if he were entering someone else's dream: finally his transgression is fulfilled. He has tread on ghost territory. Before he can close the grate he glimpses, once again, in the gloom of the office, the triumphal glimmer of a smile.
     Then the elevator begins to vibrate, to move, and Abel becomes part of the legendary hum, Abel is now part of the sheen going up through a black trachea. Abel begins to make out whole floors abandoned to dust and spiderwebs. He makes out a chair and a table given over to the rites of solitude, a desk missing a leg whose lameness seems to account for the destiny of its proprietor, a chalkboard where the years have inscribed a work schedule stopped short by a war remembered only in newsprint. He makes out a mound of clothing, a sofa bowed by the weight of magazines that by this point only the decrepitude leafs through, the reception area of a bankrupt company whose name has been chiseled out of the bronze directory hanging in the building's entryway. He hears a series of scratches inside the elevator and turns, expecting to be confronted with a numerical mask which ends up being just a cockroach struggling to climb up the wall. He sees, or thinks he sees, the insect's feet moving agitatedly and suddenly feels invaded by nausea, a mixture of sadness and repulsion for this other organic intruder, a universal disgust that crashes like a wave in his mouth and forces him to stop the elevator and lurch out to vomit into the shadows, a flow of discharge that might sum up his lament for the crowds moving agitatedly in an unsuccessful attempt to climb the walls of history.
     His retching ends in a shudder and he remains crouched over for an instant, looking down at the floor where - he hadn't realized it until now - there is a creeping brightness that doesn't come from the elevator. He raises his eyes and as they adapt to the darkness he discovers that he has arrived in an enormous office in disuse, empty except for a few crippled desks and an impotent metal file cabinet that indifferently accepts the light offered by a candle blinking timidly in the middle of a table, flaring up and dying down as if it could not endure the onslaughts of blackness. Next to the table, diminished by the filing cabinet, is a filthy chair that barely supports the weight of the figure sitting in it: a man facing the other way, his hands tied and his head bent in a reverential attitude, one might say a faithful acolyte addressing his prayers to the metallic monolith.
     Abel approaches the chair. He thinks he can hear the cockroach's ever more useless scratches in the elevator. He sees, or thinks he sees, large notebooks on the desks where grime and oblivion are making their own accounts. He sees the man's hands, two globs of bloodless flesh tied at the wrists with a piece of cord. He sees two shoulders sinking under the weight of pain, a shirt unbuttoned and bloody, a pair of suspenders hanging like flaccid appendages. He sees, in the fragile light of the candle flaring up and dying down - it dies down and it flares up and it dies down - a face become an indecipherable compendium of vermilion shreds, a mouth open in a cloth-filled scream. He recognizes, among those swollen features, the eyes of his eldest colleague - "Any news? What's the news with you?" - and the cloudy gaze that bubbles up from unconsciousness to remain fixed on the filing cabinet that gloomily reflects the candle that flares up and dies down, flares up and dies down, flares up and dies down. He hears, adding an unexpected note to his horror, the hum of the elevator set into motion by an impatient finger on some other floor; he turns around just as the brightness of the cubicle disappears, leaving him alone with this red mask that seems to be asking for mercy from the totem - the god, he suddenly thinks - illuminated by the candle. He tries to remember his colleague's name and when he fails - his memory is dizzy with snow and blood, a labyrinth of words with no thread to connect them - he starts to shake him gently by the shoulders and tell him, in jagged breaths, to move, to wake up, to do something and quickly because the elevator has stopped on the floor above them - the top floor of the building, he notes when he thinks of the glint of an artificial eye - to get going once and for all if he doesn't want them both to pay the consequences. The only response he gets is a trickle that drips from the man's lower lip and hangs there for a few seconds before joining the puddle at his feet and there's the hum of the elevator again, there's the cubicle, on its way back and in one bound he leaps away from his colleague and looks around for a place to hide, a door, the access to some possible staircase but it won't yield to the pounding of his hands bathed in light that flares up and dies down, dies down and flares up announcing the nearness of the elevator, the imminent appearance of the owner of those shiny shoes that can already be distinguished, the suffocating presence of the monolith behind which he must slip, merging into a dusty darkness that smells of dead insects.
     From his improvised refuge, Abel captures a mixture of different sounds: the thud of the elevator as it stops, footsteps that plant a strange echo in the empty room, sobs enveloped in cloth, the chattering of teeth - his own, he discovers numbly - which he interrupts by clamping his jaws shut. As the footsteps draw near, he shimmies to one side of the filing cabinet until he can slip one ear out, then the edge of his spectacles; he becomes a furtive eye studying the scene. He sees the upright figure of a man moving forward like a cutout against the light of the elevator; he sees a long object that deforms the man's right hand; he sees his colleague's face a few meters away, contracted in a convulsion accentuated by the blinking candle. He sees the man from the elevator reach his colleague and lean down as if to whisper something to him and the figure resolves into an unusual Mr. Kane: his shirt with the sleeves rolled up and flecked with crimson, his hair become a chaos of rebellious flames, his sweaty features dissolved in an expression of mingled boldness and hesitation, piety and rage. With a shock he hears the voice of this new Mr. Kane, a murmur which gradually becomes a series of demands, a terrifying familiarity: tell me who is planning the strike, tell me who participated in today's uprising, tell me who deserves the beating I'm giving you. Tell me why you won't answer even though I rip the cloth from your mouth, why you spit blood and even a couple of teeth on my shoes, what language you're starting to moan and jabber in because I can't understand you. Tell me who might be interested in demonstrations, especially as an accountant, why instead of answering me you sob and beg for help with the thread of a voice that no one hears and you move around in your chair as if you didn't know that I've already broken one of your collarbones and both your knees and even if you did untie yourself you'd be a hilarious spectacle, just a scribble trying to slither towards salvation when here there's nothing more than gloom lit by a stupid candle that flares up and dies down, that will flare up and die down century after century until you stop coughing and puke out more names and less blood clots. Tell me why you force me yet again to raise this club that makes my hand look deformed, tell me where you get the strength to resist these blows I'm spreading over an ever wider space between your face and your shoulders and your chest and your thighs, why you haven't yet tired of hearing the damp cracking of your flesh and bones, when you'll answer me instead of putting your head down and fainting and leaving me to talk to the shadows alone. Tell me what privileges you enjoy to be able to appropriate the weariness that I also suffer which makes me lean on the table to wipe off the sweat and breathe shakily while the club escapes from between my fingers and hits the floor with a noise that makes me tremble and whine as if I were the victim and not the spontaneous executioner. Tell me why I haven't noticed until now a pair of spectacles flashing from behind the filing cabinet, tell me whose is the figure that suddenly emerges from the darkness and rushes towards me and knocks me over, table and candle and all and clubs me with a blow I can't completely dodge and manages to hit me on the back of my neck and push me down into a dazzling shaft of pain out of which I'm climbing, little by little, only to glimpse a man going into the elevator, a man whose features seem distantly familiar to me but I can't locate him because my memory is a whirlwind of luminous points, a man who closes the grate and vanishes, stealing my light from me, a man who undoubtedly will return to some office to collect his overcoat and hat and turn out the lights and eliminate even the very last trace of his presence. Tell me, please tell me who that man is, who will go down the stairs fearfully and leave the building without anyone noticing him, who with ghostly steps will become lost among the night's thick flakes.

To be continueḍ


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