Exquisite Corpse - Issue 3
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Mauricio Montiel
in English by Jen Hofer

     
 -Tome lo que necesite -dijo-, nada más le pido que no haga desorden. -Hizo una pausa y agregó-: Los muchachos obedecieron, y conste que tra'an navajas. Les dije que me hab'a tardado horas arreglando la tienda, que se llevaran lo que quisieran. En los refugios hay que comer, dijeron. Ya sé, les dije, pero no hagan desorden. ¿No va a delatarnos?, dijeron. ¿Con quién?, les dije, ¿para qué? No tenemos con qué pagar, dijeron. Ya sé, les dije, a m' qué me importa, llévense lo que quieran y lárguense. ¿No viene con nosotros?, dijeron. No puedo, les dije, no he terminado de limpiar. -Otra pausa mientras se llevaba una uña a la boca y luego, entre dientes-: No voy a acabar nunca... Hay tantas manchas...

 -¿Y para qué quiere eso? -dijo él, señalando el revólver y acercándose lentamente al mostrador.

Como recorrido por una súbita descarga eléctrica, el hombre se atrevió a levantar los ojos -dos esferas exhaustas, enrojecidas, donde el espectáculo de la ausencia se reflejaba con brutal nitidez. Su ritmo sangu'neo permanec'a inalterable.

-¿Para qué lo quiero...? -repitió, más para s' mismo. Soltó la jerga y empezó a acariciar la culata con aire sonámbulo-. ¿Para qué cree usted? Para abrir la puerta cuando termine de limpiar... Qué pregunta tan estúpida.

-¿La puerta...?

-Los sesos, pues, para que me entienda -el hombre bufó, fastidiado, y mecánicamente se llevó una uña a la boca-. Para abr'rmelos cuando termine con las manchas... Si es que termino. Hay tanta mugre...

El zumbido de las lámparas parec'a intensificarse. El rumor, pensó él, los élitros de la ausencia. Después dijo:

-¿Está cargado?

El hombre escupió un trozo de cut'cula que de inmediato limpió del mostrador con la palma de la mano. Contestó al cabo de unos segundos de reflexión.

-Tiene dos balas... Ya sabe, por si algo sale mal. -Luego de una pausa prosiguió, en un tono más confidencial-: D'gamelo con franqueza... ¿Qué es mejor: adelantarse a la eternidad o permitir que ella nos alcance?

La eternidad, pensó él, siempre hallará sitio en una plática absurda en los l'mites de la civilización. Vio que el hombre bajaba nuevamente los ojos y los fijaba primero en la jerga y después en el revólver, como si esperara o'rlos hablar en cualquier instante.

-Adelantarse, sin duda -dijo, y a sus palabras se filtró una cautelosa iron'a-. Si la eternidad nos alcanza no hay para dónde correr.

El hombre sonrió, un rictus destinado al revólver, un rostro atravesado por la sangre impávida.

-S', tiene razón... Con tantas manchas uno debe adelantarse. -Se pasó una mano por la calvicie y, con un suspiro, reemprendió la limpieza: c'rculos y uña, pausa, c'rculos y uña. Cuando habló, su voz hab'a recobrado el timbre neutral, de maniqu'-: Llévese lo que quiera, nada más no haga desorden. Me tardé horas arreglando este basurero. -Titubeó, para entonces agregar-: De todos modos no aceptamos American Express.

Él se despidió. Antes de marcharse, desde el umbral de la tienda, volteó a ver por última vez al dependiente y lo encontró más hopperiano que nunca, radiante bajo el resplandor quirúrgico, un reo de su propia eternidad. Qué sangre tan fr'a tienen los prófugos, pensó.

-¿Seguro que todo está bien? -dijo.

-Seguro -musitó el hombre sin despegar la mirada de su labor-. Tengo que acabar de limpiar.

-Hasta pronto, entonces.

No hubo respuesta. Mientras caminaba por la carretera escuchó con claridad el primer disparo, un estampido que fracturó el silencio gris de la mañana. Momentos después vino la segunda detonación, y el aire se encargó de arrastrarla rumbo a la ciudad distante. Por si algo sale mal, pensó. Ahora entiendo por qué un hombre prevenido puede valer dos balas.

De regreso en el hotel, las puertas abiertas y las habitaciones vac'as le confirmaron que era el único huésped del abandono, invitado de honor a una ceremonia que no tardar'a en comenzar. Exploró algunos cuartos, captando efluvios y humores y construyendo una imagen mental de sus ocupantes: aqu' una pareja de recién casados o quizá de adúlteros -el aroma del coito era tan intenso que casi tej'a un segundo tapiz-, allá una mujer con un niño enfermo de diarrea. La recepción no ofrec'a mayores sobresaltos; tan sólo el timbre del mostrador atrajo su atención, trayéndole a la memoria un ombligo acariciado impetuosamente décadas o eones atrás. Frente a la piscina -si as' pod'a llamarse ese estrecho rectángulo de agua anubarrada- se entretuvo siguiendo la trayectoria de un pato de plástico que el viento mov'a a su antojo como una brújula para rastrear la infancia perdida; luego se acostó en una de las tumbonas cariadas por el desuso y la intemperie y se dejó adormecer por el correteo de los insectos, el susurro de los árboles y la humedad de la atmósfera, alzando la barbilla como para retar al sol que en vano intentaba imponerse en aquel cielo tormentoso. El mediod'a lo arrancó paulatinamente de su somnolencia. Aturdido, miró las tumbonas que lo rodeaban y pensó en asientos disponibles para un viaje sin retorno; pensó en el cuadro de Hopper -People in the Sun- que siempre lo hab'a perturbado y por un instante creyó haberse desprendido de la tela, ser uno de los personajes que el pintor hab'a condenado a un letargo inmortal en sillas de playa. Bastó una serie de gruñidos estomacales para desperezarlo por completo y recordarle que no se hab'a alimentado -era un decir- desde hac'a ya varias horas. Sacudiendo la cabeza, echó a andar hacia su habitación. Sacaba un trozo de queso y la carne cruda del minúsculo refrigerador cuando sonó su teléfono celular.

-¿S'? -contestó-. Ah, s'... Qué tal. S'... Ajá... Claro que entiendo, pero... S', ya sé... Ajá... Me lo imagino perfectamente, pero... ¿Qué? No, escúchame... Ajá... No, no... Escúchame, ¡escúchame!... Todos estamos en las mismas, se los he dicho mil veces... ¡No, tú me vas a escuchar!... ¡Estoy harto de decirles que hay que tener paciencia!... ¡Paciencia!... ¿Sabes qué es tener paciencia?... La hemos tenido durante tanto tiempo, no sé... ¿Qué? ¡No, nadie se va a morir por esperar un poco más!... ¡Nadie!... ¿Me escuchas?... ¿Me oyes?... ¡Nadie se va a morir!... ¿Qué? ¡Claro que no!... Te lo juro, te lo prometo, lo que quieras... ¡Paciencia, carajo!... ¿Por qué tanta prisa?... ¿Qué? S'... Ya verás, ya verás... Que quede claro: sin paciencia no hay nada, nada... De acuerdo... Cálmate... ¿Qué? No, cálmate... Hasta pronto.

Colgó. Varios tragos a la botella de whisky que guardaba en la mesa de noche fueron necesarios para que la rabia y la desesperación disminuyeran. Tranquilo, se dijo, tranquilo. Mientras almorzaba recordó, no sin cierta furia, las llamadas de diversas latitudes que hab'a tenido que atender y soportar en los últimos d'as; todas, sin excepción, se concentraban en la misma pregunta: ¿cuándo, cuándo? Son como niños, pensó, niños malcriados que ignoran el arte de la paciencia milenaria. Tantos años de estoica espera a punto de ser arrojados por la borda sólo por no poder resistir un poco más. Como si yo no fuera igual que ellos, pensó, y no los hubiera iniciado en este camino hecho de pasos pacientes. Como si a m' no me ardieran los ojos cada mañana. Para distraerse le dio otro trago largo a la botella, tomó el control remoto y prendió la televisión; un rugido de estática fragmentó la aparente quietud, haciéndolo respingar. Bajó el volumen y empezó a repasar los canales locales y de cable. El espectáculo de la ausencia se repet'a terca, invariablemente: una borrasca gris, un siseo catódico que pon'a los nervios de punta. Las escasas televisoras que aún no sal'an del aire difund'an imágenes análogas: mapas de distintas ciudades atestados de s'mbolos luminosos que indicaban la ubicación de los refugios nucleares. Sólo en CNN se topó con algo donde el mundo real -un recordatorio del mundo real- se insinuaba con timidez: un estudio desierto, habitado por pantallas y consolas que parpadeaban desoladas, aguardando a los conductores que hab'an olvidado sus papeles sobre el bruñido escritorio en primer plano. La eternidad, pensó, ¿quién dará noticia de la eternidad y de tantas sombras sedientas? Apagó la televisión y luego de asegurarse de que las cortinas estuvieran corridas, de hojear por enésima vez las revistas y periódicos regados por el piso, resolvió que la mejor forma de matar el tiempo era bebiendo -whisky, por ahora. Con la botella a la mitad entre las manos, se tumbó en la cama. Salud, murmuró. Salud y Laus Deo.

La resaca, apenas un velo suave sobre las sienes, lo despertó horas más tarde; tres aspirinas y un poco de coca'na bastaron para deshacerlo. Aunque el ocaso se hab'a convertido ya en una noche espesa como el d'a, alterada con frecuencia por relámpagos y atravesada por un aire oleaginoso, erizado de electricidad, decidió conservar los lentes oscuros. Y ya que gracias al sueño hab'a recuperado el buen humor, encendió la televisión sólo para comprobar que el mundo -aun en CNN- se hab'a disuelto bajo un alud de nieve sucia. Qué manera de celebrar el apocalipsis de las transmisiones, pensó, con un magno fest'n de estática. Fue al baño a orinar, dio cuenta del último trago de whisky, apagó el celular que sonaba con insistencia, sacó la única silla del cuarto y se dispuso a esperar en el pasillo del hotel. Esperar, pensó, hay que saber esperar como el hombre del chaleco en la gasolinera, como los seres aletargados en las tumbonas de Hopper. Notó que el viento azotaba las puertas de las habitaciones vac'as, un ruido que se hab'a colado a su siesta en forma de aleteo. Aves, pensó, por eso soñé con una lluvia de aves. Estudió inútilmente los cables de la luz y el teléfono; los cuervos hab'an desaparecido sin dejar rastro. Envuelta en una iluminación que se antojaba falsa, como de guiñol, la carretera parec'a vibrar. El horizonte no era sino un alfiletero donde la tempestad lejana hund'a sus agujas de luz.

Su reloj marcaba las once cuarenta y tres cuando se produjo el apagón. Precedida por un trueno que cimbró el aire, el piso, el orbe de lado a lado, la oscuridad fue ganando terreno con vertiginosa rapidez: primero el hotel, que dio la impresión de caer a un pozo sin fondo, y al cabo de unos segundos la carretera, que arrastró en su ca'da a coches y casetas por igual. El cielo, libre de fulgores terrestres, se impuso con brusquedad sobre el paisaje: un vientre violáceo, tumefacto, recorrido por venas blancas. Presa de un entusiasmo casi infantil, se levantó de la silla y avanzó por el estacionamiento hasta que su vista abarcó la ciudad que titilaba -que hab'a titilado hasta un minuto atrás en la distancia conquistada ya por las tinieblas. Siempre es bueno volver a casa, pensó, complacido; se equivoca quien dice que en el principio fue el Verbo: no hay más origen que la Sombra. Wilkommen, bienvenue, welcome, canturreó, to our cabaret, our cabaret, our cabareeeeet. Bienvenidos, damas y caballeros, al show de la penumbra; ojalá les guste y no lo juzguen demasiado inconveniente. Hijos, queridos hijos, pensó, se ha acabado la espera, es hora de embriagarse. Soltó una carcajada y, sin renunciar aún a los anteojos -sent'a que de algún modo afinaban su visión, oscuridad sobre oscuridad-, brincó a la carretera y empezó a deslizarse por el asfalto al ritmo del vals vienés que inundaba su mente. Un poco, se dec'a mientras bailaba, apenas un poco más.

Ocurrió momentos después de que la medianoche se desplomara sobre el mundo con todo su peso. El aire, antes que nada el aire: un instante silbaba y al siguiente se hab'a estancado. Luego el cambio en la atmósfera, una suerte de veloz compresión, como si manos enormes la estrujaran para reducirla a un globo de inaudita densidad. Luego el temblor encima de la cabeza y bajo los pies, una sacudida que unió a cielo y tierra en un solo órgano trepidante. Y entonces, en medio del silencio primigenio que corr'a en todas direcciones, la luz: la más n'tida, la más hermosa, el sol de soles hurgando con su lumbre hasta en el último rincón del cosmos. Y después el estruendo, una avalancha sonora que sepultó aun a la música de las esferas.

Inmóvil al centro de la carretera, los sentidos aguzados hasta el l'mite, las piernas separadas, los labios torcidos en una sonrisa que crec'a segundo a segundo, el señor Vlad Tepes cerró los ojos. Al abrirlos no pudo evitar que en su memoria destellaran Hiroshima y Nagasaki, el desierto de Nevada, los atolones del Pac'fico; la nube en forma de hongo que esbelta, bell'sima, se elevaba como con vida propia en el horizonte, era la prueba irrefutable de que la humanidad era -y seguir'a siendo, hasta donde lo permitieran los refugios atómicos- la misma humanidad de antaño. Nadie, pensó, hubiera cre'do que el hombre pod'a hacer florecer hongos tan sublimes. Mientras se dirig'a al lecho de tierra húmeda que noches atrás hab'a cavado a espaldas del hotel, imaginó pupilas expuestas al apocalipsis que hab'a sorteado durante siglos, manos cubriendo ojos obligados a presenciar el espectáculo de los huesos a través de la piel radiografiada, envases de colirio al momento de derretirse. Imaginó, al deshacerse de los lentes oscuros, a sus hijos, su amada progenie, repitiendo ese gesto en diversas latitudes, y se vio caminando junto a ellos por autopistas sembradas de anteojos; recordó la temperatura que alcanzaba la sangre humana cuando el miedo echaba sus ra'ces y no pudo más que chasquear la lengua. Wilkommen, bienvenue, welcome, pensó, a la verdadera eternidad -un tiempo consagrado por entero a la bebida. ¿O acaso no era ésa la razón por la que siempre regresaban ellos, los fantasmas: para beber la sangre de los sobrevivientes?
      

Ciudad de México, octubre de 1999


As if a sudden electrical charge had run through him, the man ventured to raise his eyes-two exhausted, reddened spheres where the spectacle of absence was reflected with brutal clarity. The rhythm of his blood continued, unchanging.

What do I want it for-? he repeated, for himself more than anything. He let go of the cloth and began to caress the butt of the gun like a sleepwalker. What do you think? To open the door when I finish cleaning- What a stupid question.

The door-?

My brains, all right, so you'll understand me. The man snorted, annoyed, and raised a fingernail to his mouth mechanically. So that I can open them up when I finish with the stains-If I finish, that is. There's so much filth-

The buzzing of the lamps seemed to intensify. The murmur, he thought, the elytrons of absence. Then he said:

Is it loaded?

The man spat out a bit of cuticle which he immediately cleaned off the counter with the palm of his hand. He answered after a few seconds.

It has two bullets- You know, in case something doesn't work out. After a pause he continued, in a more confidential tone: Tell me honestly- Which is better: to get ahead of eternity, or to let eternity catch up with us?

Eternity, he thought, will always find a place in a foolish conversation at the end of civilization. He saw that the man was lowering his eyes again and focusing first on the cloth and then on the gun, as if he were waiting to hear them speak at any moment.

To get ahead of it, of course, he said, and a wary irony filtered into his words. If eternity catches up with us there's nowhere to run.

The man smiled, a convulsive grin directed to the gun, a face crisscrossed by fearless blood.

Yes, you're right- With so much dirt one should get ahead of it. He passed a hand across his bald spot and, with a sigh, set about his cleaning again: circles and fingernail, pause, circles and fingernail. When he spoke, his voice had regained its neutral mannequin's tone: Take what you like, just don't mess anything up. I spent hours arranging this dump. He hesitated, and then added: Anyway we don't accept American Express.

He said goodbye. Before leaving, he turned to look at the clerk one last time from the doorway and found him more Hopperesque than ever, radiant beneath the surgical glare, prisoner of his own eternity. What very cold blood escapees have, he thought.

Are you sure everything's ok? he said.

I'm sure, the man muttered without removing his gaze from his work. I have to finish cleaning.

See you soon, then.

There was no response. As he walked along the highway he heard the first shot clearly, a blast which fractured the morning's grey silence. Moments later the second detonation came, and the air carried it towards the distant city. In case something doesn't work out, he thought. Now I understand why a man might actually want two ounces of prevention.

When he returned to the hotel, the open doors and empty rooms confirmed that he was abandonment's only guest, the guest of honor at a ceremony which would begin shortly. He explored a few rooms, collecting their emanations and humors, constructing a mental image of their occupants: here a pair of newlyweds or perhaps adulterers-the smell of sex was so intense that it almost wove a second carpet, there a woman whose child was sick with diarrhea. The front desk did not offer any further surprises; only the bell on the counter attracted his attention, calling to mind the memory of a navel he had impetuously caressed decades or eons before. In front of the pool-if that's what you could call that narrow rectangle of cloudy water-he amused himself by following the trajectory of a rubber duck which the wind moved around at whim like a compass for tracking lost childhood; he then lay down on one of the beach chairs decayed from disuse and the elements, and let himself be lulled to sleep by the insects' scurrying, by the whisper of the trees and the humidity of the air, lifting his chin as if to challenge the sun in its futile attempt to dominate the stormy sky. Noon pulled him gradually out of his drowsiness. Dazed, he looked at the chaises around him and thought of seats readied for a journey with no return; he thought of the Hopper painting 'People in the Sun,” which had always disturbed him, and for a moment he believed that he had pried himself from the canvas, that he was one of the figures that the painter had sentenced to immortal stupor in beach chairs. A series of stomach growls sufficed to completely rid him of his laziness and remind him that he had not eaten for many hours. Shaking his head, he began to walk towards his room. He was taking a piece of cheese and some raw meat out of the minuscule refrigerator when his cell phone rang.

Yes? he answered. Ah, yes- How are you. Yes- Aha- Of course I understand, but- Yes, I know that- Aha- I can imagine it perfectly, but- What? No, listen to me- Aha- No, no- Listen to me, listen to me!- We're all in the same boat, I've told you that a thousand times- No, you listen to me!- I'm tired of telling you that we have to be patient!- Patient!- Do you know what it is to be patient?- We've been patient for such a very long time, I don't know- What? No, no one is going to die from waiting a little longer!- What? Of course not!- I swear, I promise, whatever you want-  Patience, dammit!- Why are you in such a rush?- What? Yes- You'll see, you'll see- Just so it's clear: without patience there is nothing, nothing- All right- Calm down- What? No, calm down- See you soon.

He hung up and took a few swigs from the bottle of whiskey on the night table to wash down his rage and desperation. OK, he said to himself, take it easy. While he ate lunch, he remembered, not without a certain fury, the calls from all over the globe which he had had to answer, to tolerate, over the past few days; all of them, without exception, focused on the same question: when, when? They're like children, he thought, spoiled children utterly ignorant of the ancestral art of patience. So many years of stoic waiting about to be thrown overboard merely because of their inability to endure a little while longer. As if I weren't just like them, he thought, as if I had not initiated them on this path made of patient steps. As if my eyes didn't burn each morning. To distract himself he took another long swig from the bottle, picked up the remote control and turned on the television; a roar of static fractured the apparent stillness, making him jump. He turned down the sound and began to flip through the local cable channels. The spectacle of absence repeated itself obstinately, invariably: a grey tempest, a cathodic hissing which set his nerves on edge. The few transmitters which had not yet gone off the air were broadcasting similar images: maps of different cities crowded with luminous symbols indicating the locations of nuclear shelters. Only on CNN did he encounter a space where the real world-a memento of the real world-insinuated itself timidly: a deserted studio, inhabited by screens and consoles which blinked desolately, waiting for newscasters who had forgotten their papers on the varnished desk in the foreground. Eternity, he thought, who would report the news of eternity, of so many thirsty shadows? He turned off the TV and after making sure that the curtains were drawn, after leafing for the umpteenth time through the magazines and newspapers strewn about the floor, he determined that the best way to kill time was drinking-whiskey, for now. With the half-full bottle in his hand, he tumbled onto the bed. Cheers, he murmured. Cheers and Laus Deo.

A hangover, barely a soft veil against his temples, woke him hours later; three aspirin and a little cocaine were enough for him to shake it off. Though the late afternoon had already turned into a night as dense as the day, frequently disturbed by flashes of lightning and infused with an oily atmosphere bristling with electricity, he decided to keep his dark glasses on. And now that he had recovered his good mood, thanks to his nap, he turned on the television only to confirm that the world-even on CNN-had dissolved beneath an avalanche of dirty snow. What a way to celebrate the broadcasting apocalypse, he thought, with a great feast of static. He went to the bathroom to urinate, realized he had one last sip of whiskey left, turned off his cell which was ringing insistently, grabbed the only chair in the room and prepared himself to wait in the hallway of the hotel. To wait, he thought, one must know how to wait, like the man in the vest at the gas station, like the sluggish beings on Hopper's chaises. He noticed that the wind whipped the doors of the empty rooms, a noise that had filtered into his nap in the form of fluttering wings. Birds, he thought, that's why I dreamt a rainstorm of birds. He uselessly studied the electrical wires and phone lines; the crows had disappeared without a trace. The highway appeared to vibrate, swaddled in an illumination which seemed to him false, like that of a puppet theater. The horizon was nothing more than a pincushion where the distant storm sunk its needles of light.

His watch read 11:43 when the blackout occurred. Preceded by a clap of thunder which shook the air, the ground, the entire world, with vertiginous speed the darkness gained more and more territory: first the hotel, which seemed to fall into an endless pit, and after a few seconds the highway, which dragged with it cars and tollbooths alike as it fell. Free of earthly brightness, the sky imposed itself abruptly onto the landscape: a violet-colored belly, swollen, run through with white veins. Captive to an almost infantile excitement, he got up from his chair and walked through the parking lot until he was able to catch sight of the city which twinkled-which had twinkled up to a minute ago in the distance which was now conquered by darkness. It's always good to come home, he thought contentedly; whoever says that in the beginning was the Word is wrong: there is no origin other than the Dark. Wilkommen, bienvenue, welcome, he hummed, to our cabaret, our cabaret, our cabareeeeet. Welcome, ladies and gentlemen, to the show of darkness; hopefully it will please you and you will not find it too inconvenient. Children, my dear children, he thought, our wait has ended, it's time to get drunk. He laughed and, still without giving up his glassesŘhe had the sense that they sharpened his vision somehow, darkness on darkness-he skipped onto the highway and began to slide down the asphalt to the rhythm of a Viennese waltz which flooded his mind. A little, he said to himself as he danced, just a little more.

It happened moments after midnight fell against the world with its entire weight. The air, before anything else the air: one instant it was whistling and the next it became completely paralyzed. Then the change in the atmosphere, a kind of swift compression, as if enormous hands were wringing it, reducing it to a ball of extraordinary density. Then the earthquake above his head and under his feet, a jolt which united the sky and the earth into one single trembling organ. And then, in the middle of the pristine silence which flowed out in all directions, the light: the most clear, the most beautiful, the sun of suns, its glow stoking the cosmos to its farthest corner. And after that the clamor, an avalanche of sound which buried even the music of the heavens.

Unmoving in the middle of the highway, all his senses aroused to their very limits, his legs spread, his lips twisted into a smile which grew second by second, Mr. Vlad Tepes closed his eyes. When he opened them he could not avoid the flashing in his memory of Hiroshima and Nagasaki, the Nevada desert, the Pacific atolls; the mushroom cloud-sender, gorgeous-which rose up on the horizon as if of its own accord, was the irrefutable proof that humankind was-and would continue to be, as far as the nuclear shelters would allow-the same humankind of long ago. No one, he thought, would have believed that man could make such sublime mushrooms blossom. As he turned towards the lair which some nights before he had dug in the damp soil at the back of the hotel, he imagined pupils exposed to the apocalypse that he had evaded for centuries, hands covering eyes forced to witness the spectacle of bones through radiographic skin, bottles of eye drops at the moment of dissolution. As he took off his dark glasses, he imagined his children, his beloved progeny, repeating that same gesture all over the world, and he pictured himself walking together with them along highways sown with eyeglasses; he recalled the temperature human blood reached when fear took root and he could do nothing more than cluck his tongue. Wilkommen, bienvenue, welcome, he thought, to real live eternity-a time completely devoted to drink. Or was that not why they, ghosts, always returned: to drink the blood of the living few?

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